Erasé una vez, en un pub muy lejano, gobernado por el vicio, una Reina del Trash que vivía entre fiestas y anfetas. Se pasaba las noches bailando con modernos flipados que se preocupaban de que siempre tuviese algo que llevarse a la boca. A ella le gustaba beber, y fumar, y follar, no tenía miedo de que llegase la hora de cerrar porque siempre había alguna que otra carroza mal aparcada que acababa llevándosela a algún ricón donde seguía la fiesta VIP, solo para invitados.
La Reina del Trash sabía lo que hacía, sabía que en el trono estaba sola, pero le gustaba y no estaba dispuesta a dejar que cualquier aprendiz de perra más rubia, más alta y más puta sentase su culo en su reino.
Una noche cualquiera, paseando el ciego de camino a la cena se le acercó un hortera que le pidió fuego, el chico no era guapo, ni alto, ni muy listo, pero ahí estaba con una media sonrisa, un piti liado con las manos de quien piensa andar borracho hasta las 5 de la mañana, y se le nota, y ese aire de perdedor orgulloso que no piensa tirar ni la toalla ni tus bragas cuando consiga quitártelas.
Ella sabía que los tios así solo eran buenos follando, y esa era una noche especialmente fría, así que se sacó el mechero del sujetador, le encendió el piti y mientras leyó en su camiseta "CARNE DE CABRÓN" con letras que más bien parecían su escudo de armas, le agarró el pantalón, se acercó a su oreja y le dijo -Termínatelo de camino al polvo, que llevo todo un reinado esperándote.